Filipinas III: De isla en isla

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Recorrí Filipinas durante cuatro semanas sola sintiéndome feliz y segura. Desde Palawán tomé un vuelo al festival de Kalibo y de ahí pasé en barco a Guimaras, Negros y Bohol.

Guimaras: Es una isla muy pequeña, verde, rural. Ideal si eres un amante de la bici: la puedes recorrer en círculo en dos días haciendo noche en tienda de campaña u hostal. Es una isla todavía poco desarrollada de cara al turismo y cuando yo la visité (2017) los niños corrían por los patios de los colegios para pegarse a las ventanas y saludarme todo sonrisas, porque era raro ver un extranjero. ¡Ojo! El rango de comida y cajeros es limitado porque las conexiones con otras islas son muy malas.

Tuve que alargar mi estancia en Guimaras tres días porque los ferries no salían debido al mal tiempo (este es un problema muy común en toda Filipinas, ten cuidado). Aun así, en esta isla pasé algunos de los días más felices de mi viaje: circulando en bici por campos, charlando con los dueños de mi pensión, comiendo huevos rosas (indica que están cocidos y salados) y topándome con montones de gallos de pelea espectaculares (por desgracia, las peleas de gallos son deporte rey todavía hoy en la zona).

Negros:  Estaba loca por poder ir al corazón de la gran isla de Negros y hacer senderismo en Canbalaon o en Kabankalan, pero el mal tiempo me dejó en las llanuras. Afortunadamente, en Negros hay autobuses públicos muy baratos que circulan por la isla de la noche a la mañana; total, que me pasé unos cuantos días montando en uno tras otro y parándome en los pueblos que me iban apeteciendo. ¡No tengas miedo de plantarte en la carretera y parar el siguiente bus!

En Negros hay espectaculares playas en Sipalay, aunque yo acabé en la zona de Dumaguete haciendo snorkelling (estuvo bien, pero en Palawan fue más barato) y visitando la cascada de Casarolo (pequeña, pero divertida porque los locales hacen picnics allí).

Bohol: Si solo vienes aquí a ver las famosas Chocolate Hills, ahórrate el viaje porque están sobrevaloradas, a menos que te alquiles una pequeña moto y las recorras de forma independiente. En la isla no hay mucho que hacer en cuanto a actividades y está más desarrollada que otras donde no te cruzas con tantos turistas. Sin embargo, si encuentras una cabaña recóndita y una moto, puedes hallar ríos y montañas tan bellos como en todo el país.

Cebú: En Filipinas me parece que lo mejor es evitar las ciudades, pues son ruidosas y están contaminadas. Yo paré varios días en Cebú para coger un vuelo y para disfrutar de la compañía de mis dos generosos anfitriones en Couchsurfing. En su casa de las afueras hice genuina vida filipina: ir a pasar el día al centro comercial para disfrutar del aire acondicionado y ver Miss Universo (la pasión de los filipinos por los concursos de belleza es legendaria, ¡la ciudad se queda vacía de verdad!).

Más trucos: todo lo relacionado con la belleza en Filipinas es muy barato: puedes cortarte el pelo con un maestro peluquero por muy poco dinero o hacerte unas gafas nuevas bonitas y baratas. ¡Aprovecha!

¿A continuación? Había partido desde la isla Palawan. Y desde Cebú volé con Air Asia (la compañía bajo coste de Asia) para comenzar un mes de viaje en Australia. ¡Próximamente lo contaré!

Filipinas II: Festivales

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Recorrí Filipinas durante un mes sola sintiéndome feliz y segura en todo momento. Y cuando desde Palawán tomé un vuelo a Kalibo (isla de Panay) no tenía ni idea de la GRAN FIESTA de colores y música que me esperaba en esta suerte de gigantesco Carnaval: Ati-Atihan.

Ati-Atihan en Kalibo… la mejor fiesta de toda Filipinas

Los festivales son lo mejor de Filipinas, te animo a que hagas coincidir tu viaje con alguno. Yo tuve suerte y en pleno enero llegué al más salvaje de todos: Ati-Atihan.

¡Viva Ati-atihan! ¡Viva Kai Señor Santo Niño!

¿Qué es Ati-Atihan? Es una fiesta de Filipinas, típica de Kalibo, donde todo el mundo se pinta la cara de negro, se pone alucinantes trajes de colores, pasea imágenes del Niño Jesús vestido como un muñequito y se baile a muerte. ¡No hay palabras para describir el ambiente!

¿Qué se celebra? El festival es un cruce entre ceremonias de paz aborígenes muy antiguas y añadidos misioneros cristianos posteriores. Por ello, en día, por las mañanas hay misas masivas en la plaza (muy interesantes culturalmente), y por la noche corre el ron y la cerveza a raudales mientras el baile en la plaza pública no para. Por si no tuvieras suficiente fiesta, las noches suelen acabar en algún karaoke de barrio (ojo: los filipinos se toman el karaoke muy en serio).

¿Cuándo es? El tercer domingo de enero, en Kalibo (isla de Panay).

Precios: Reservar una habitación en Kalibo en el festival es difícil porque montones de filipinos acuden. Yo tuve suerte y tras mucho investigar conseguí una habitación compartida en una casa privada a través de Booking (30 euros la noche, de largo lo más caro que hice en Filipinas). Quedarse con una familia fue lo ideal porque acudimos juntos al festival y me explicaron montones de cuestiones culturales. Respecto a comida y bebida, los precios son estándares (unos 5 euros por una cena en un restaurante local).

Una vez en el propio Kalibo, usé la opción Hangouts de Couchsurfing para encontrar gente que quiere quedar; así pasé las siguientes noches bailando con un Canadiense y un Filipino que estaba viajando por su propio país. ¡Esta opción de Couchsurfing es bastante útil si quieres encontrar gente mientras viajas!

Otros festivales: Otros carnavales parecidos son Sinulog en Cebú y Dinagyang en Iloilo City, aunque son festivales más grandes y donde hay menos posibilidades de mezclarse con la gente en plena calle.

¿A continuación? Llegué al festival desde Palawan. Y a continuación pasé a la isla de Guimaras, Negros y Bohol. ¡Sigue leyendo!

Filipinas I: Playas de Palawan

¿Por qué viajar a Filipinas?

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Porque cuando piensas que conoces Asia, llegas a Filipinas y te descubres en una suerte de Caribe asiático: iglesias cristianas en vez de templos budistas, caña de azúcar, plantaciones de aire español, bailes, procesiones, karaokes y bien de alcohol. Además, el inglés es idioma oficial y resulta fácil moverse en transporte público entre islas.

Seguridad: Viajé sola por Filipinas durante casi un mes, me alojé en hostales y en Couchsurfing, comí en puestos callejeros, viajé en avión, bus, ferry y bici… y me sentí segura en todo momento y ocasión. Aunque sí evité dos sitios: la capital, Manila, y el archipiélago de Mindanao (donde hay un conflicto religioso y de narcotráfico).

Recorrido: En mi recorrido atravesé Palawan, Panay, Guimaras, Negros y salí por Cebú. Mucha gente también explora el norte de Luzón para hacer senderismo.

Precios: Es un país barato y muy adecuado para el turismo de playa (noche en un dorm, unos 6-8 euros; hab. privada unos 15 euros). Eso sí, viajar entre las muchas islas de Filipinas implica comprar vuelos o moverse en ferries (que no son baratos, y muchas veces no parten por tifones en el mar). Reserva dinero para pagar tasas inesperadas en aeropuertos y para volar entre islas. 

Comida: Todo en Filipinas me encanta… salvo tal vez la comida callejera, que aunque desde luego diferente en cada isla suele consistir en: una montaña de arroz blanco, un guiso de cerdo, escasos vegetales y motones de refrescos ultrazucarados. Por más que en Palawan puedes conseguir buen pescado a pie de chiringuito callejero o sopas de hortalizas, en general me pareció un lugar tremendamente hostil para veganos.

Palawan

A la preciosa isla de Palawan la llaman «la nueva Bali» por sus playas y arrecifes. Yo entré por el aeropuerto de Puerto Princesa y me monté en una minivan que cuatro horas después me dejó en el pueblo de Port Barton.

Mi idea era recorrer la isla, moverme, llegar a El Nido (la capital de la fiesta y los mochileros)… pero me quedé en Port Barton durante una semana teniendo las mejores y más baratas vacaciones que podía soñar. Sin electricidad durante el día, mala wifi, pocos bares, montones de barcas que te llevan a hacer snorkeling y cama en un dorm por unos 6-8 euros la noche, Port Barton es calma y buenos precios.

Por poco dinero puedes irte a hacer snorkelling (todas las guesthouses te lo organizan) y, cogiendo un minivan, en unas horas puedes llegar a El Nido y hacer buceo en serio.

Además, mientras te relajas en Palawan puedes observar ya esos clásicos filipinos: omnipresentes matrimonios de occidentales mayores con jóvenes filipinas, cafés ultrahípsteres llevados por newyorkinos veinteañeros en mitad de poblachos costeros…

También atisbé enseguida la pasión filipina por Duterte, ese peligroso presidente que se jacta de matar narcotraficantes en persona pero que tan popular resulta por su guerra contra la droga y por firmar tratos de inversión masiva con China (más sobre esto en la tercera parte de esta serie sobre Filipinas).

Después de Palawan, cogí un vuelo desde Puerto Princesa hasta la isla de Panay, aeropuerto de Kalibo, para disfrutar de lo mejor de Filipinas: los festivales. Lee la siguiente entrega para enterarte de qué no puedes perderte en Filipinas.

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