Volver a Bangkok. La misma ciudad, una viajera diferente

¿Quién soy?

En agosto del 2015, Bangkok no era una ciudad sino un estado mental. Un ruidoso laberinto de calles, templos, mercados y aires acondicionados a máxima potencia que pintaba el caos de mi propia encrucijada interior. Bangkok era el punto final de un largo viaje que durante casi un año me había salvado de la depresión laboral para meterme de lleno en la ruptura sentimental.

Me costó tres años de ahorros y meses de indecisión atreverme a pedir un año sabático en mi bien-pagado, mejor-considerado, por-todos-respetado trabajo como editora. Todo con el objetivo de irme a estudiar mandarín a China primero y de viaje por el Sudeste Asiático después. Las consecuencias del paso adelante llegan hasta hoy.

En aquel momento mi viaje tenía un punto final claro: iba a estudiar chino, a sacudirme la rutina, a conocer mundo y luego a volver a mi trabajo y a mi vida en pareja con normalidad. Aquella aventura significaba apenas una pausa en una carrera profesional que me gustaba pero que ya no amaba, que me tenía amarrada en sus rutinas y por la que ya no sentía ni una pizca del amor que profesaba al principio. Mi novio sabía de mis planes de viaje desde hacía mucho y jamás se opuso, al contrario, me animó con cariño e incluso hablamos de vernos en Hong Kong. Poco sospechaba que el desencanto que yo sentía hacia mi trabajo, lo había empezado a sentir él hacia nuestra relación.

La separación física fue una bofetada de realidad que puso la relación al borde del colapso. Él prefería pensar por su cuenta y que yo no regresara por el momento; yo tampoco propuse dejar aquel viaje que tanto esfuerzo me había costado para volver y tratar de poner parches a lo nuestro. En vez de eso, viví en la residencia de una universidad en China, tuve shock cultural durante meses, mejoré a trompicones mi nivel de mandarín, dejé los cursos por adelantado para ir a viajar por Tibet, desde allí fui al sur de China, luego a Vietnam, me encontré con las rutas de turismo masivo (pero vendido como subcultural) para mochileros fiesteros y lo odié, pasé a Camboya, me reencontré con Couchsurfing y lo amé, recorrí las montañas del norte de Tailandia y, por fin, llegué a Bangkok. Traía un billete de vuelta a casa en el bolsillo.

En Bangkok repetí lo que hacen todos los turistas (sticky mango rice palacio helado templo compras foto mercadillo) pero me reservé un día entero antes de tomar mi vuelo a casa. Necesitaba tiempo para PREPARARME PARA VOLVER A VER A MI NOVIO.

Es decir, tras meses de viajes de escaso presupuesto, reservé una habitación individual en un hostal; en la tranquilidad de mi baño privado me dediqué a asearme con primor, a depilarme todos los pelos culturalmente censurados, a peinarme hasta dejar brillantes todos los pelos culturalmente aprobados. Incluso me aseguré de comprar una esponja exfoliante natural para requete-frotar todo el polvo, sudores y malas experiencias del viaje. Y por supuesto adquirí ropa nueva que ponerme en cuanto bajara del avión (porque en los vuelos transcontinentales tienes que ir bien abrigado, que aprieta el frío, pero yo quería salir por la puerta de Llegadas del aeropuerto como una estrella, como si ese aspecto DIVINO fuera mi natural al despertar).

Yo SUPERNATURAL al bajar del avión

Y lo cierto es que lo nuestro fue muy bien. Durante un tiempo. Pasados los primeros románticos meses del reencuentro, los dos volvimos a nuestras viejas maneras. Porque irse de viaje no te cambia por arte magia, solo te ofrece la oportunidad de descubrir cómo eres en nuevos contextos. Y de hecho, si a lo largo de un viaje cambias, seguro será para hacerte mejor en tu nuevo contexto, no en el viejo. (Por eso, por más que pasen los años, tendemos a repetir los mismos errores en cuanto volvemos a los lugares de nuestra infancia por Navidad; o a lo máximo, nos sentimos incómodos al ver que nuestra persona ya no encaja con aquellos espacios que vieron una versión ligeramente diferente de nosotros).

Al cabo de un año mi novio y yo nos separamos. Yo tuve la oportunidad de dejar mi trabajo por una beca en China. Él comenzó una nueva vida en muchos sentidos. Los dos somos más felices ahora, nos contamos de todo y nos queremos.

Yo en mi último viaje a Bangkok, comiéndome todos los platos locales

En diciembre de 2019 volví a Bangkok. Esta vez mi tristeza no empeñaba los olores ni la comida ni la simpatía de la gente; Bangkok ya no era un estado mental sino un espacio concreto que me asaltaba los sentidos. Fue solo al reconocer los viejos lugares que recordé cómo había sido mi triste primer viaje a la ciudad, y luego pensé en qué diferentes éramos las viajeras que habían utilizado este mismo cuerpo en ambos desplazamientos. Y es que en 2019, Bangkok no era ya punto final de un viaje ni de una relación, sino una escala desde mi vida en China para emprender un viaje a la India y quién sabe a qué más destinos.

¿Esta historia tiene moraleja? Solo declarar que no creo en los viajes de reencuentro ni de descubrimiento personal, esas cuestiones se deben pensar en casa porque no puedes huir de ti mismo. Sí creo, sin embargo, en que todos los finales son comienzos.

Feliz 2020.

*Gracias a mi ex por apoyarme en la publicación de este post.